Pueblo, anarquismo, literatura: Rosa Chacel en Hora de España
Páginas 119 a 142
Citar este artículo
- PALOMO ALEPUZ, Laura,
- Palomo Alepuz, Laura.
- Palomo Alepuz, L.
https://doi.org/10.4000/bulletinhispanique.16277
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Notes
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[1]
En un texto que recoge Jiménez Millán (1982), Rafael Dieste reflexiona sobre el nombre de la revista y recuerda que, ante su propuesta de denominarla La Hora de España, Moreno Villa sugirió que se eliminara el artículo determinado, porque, de ese modo, encontraba el título más elegante y «acaso menos comprometido filosóficamente» (345).
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[2]
También publicaron una sola colaboración tanto la hermana de la escritora, Blanca Chacel, como su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio, en calidad de director de la Comisión de Protección del Tesoro Artístico. Blanca Chacel lo hizo en el número 8 de 1938, en la sección «Testimonios». La colaboración de Timoteo Pérez Rubio llevó el título de «Ante la opinión de nuestros contrarios», apareció en el número de abril de 1937 y era una defensa de la labor de auxilio y traslado del patrimonio artístico que, junto a otros intelectuales, estaba llevando a cabo.
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[3]
El mismo Caudet (1974b) explica que en enero de 1939 la redacción estaba preparando el número XXIV para el cual María Zambrano estaba elaborando un ensayo sobre San Juan de la Luz y Julián Marías un trabajo sobre Unamuno.
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[4]
Concha Albornoz, Máximo José Khan y Kazantzakis (no Norah Borges) habían sido ya destinatarios de otros poemas de Rosa Chacel, concretamente de tres sonetos recogidos en A la orilla de un pozo, que se publicó por primera vez en 1936. Concha de Albornoz, a la que la autora siempre se refiere como a su amiga íntima –aunque Luis Antonio de Villena en la biografía sobre Luis Cernuda indica que Aleixandre le había dado a entender que la relación que mantenían era lésbica (2002: 32)– aparece constantemente en la producción de Rosa Chacel: en su epistolario, en la biografía de su marido, Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín, en sus diarios, en sus poemas, en la dedicatoria del ensayo La confesión. De Máximo José Khan también se conservan varias cartas a Rosa Chacel. Además, ella lo inserta en forma de personaje en algunas de sus novelas (Acrópolis y Ciencias Naturales) y le dedica un artículo con motivo de su muerte (Los títulos, 1981). A Kazatzakis alude en varias ocasiones en su diario y tanto en La lectura es secreto como en Los títulos hay dos textos escritos sobre su obra.
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[5]
Ángel Crespo (1990) explica que «Sérpula» es diminutivo de serpiente y, siguiendo a Cirlot, indica que esta simboliza la fuerza, lo perfecto y lo secreto.
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[6]
En Homenajes (Poesía: 1992) incluye otra epístola, esta vez dirigida a Julián Marías, que sigue de nuevo el modelo de este autor.
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[7]
Zambrano y Chacel fueron dos de las mujeres que colaboraron en Hora de España. Es interesante tener en cuenta que, frente a las dificultades con las que se encontró este colectivo para dar a conocer su producción literaria e intelectual en otros medios, en esta iniciativa cultural todo indica que gozaron de gran representación. María Zambrano formó parte de la redacción y llegó a ser secretaria de la revista y, junto a ella y Chacel publicaron otras como Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Clemencia Miró, Concha Zardoya, Blanca Chacel, Anna Seghers y Margarita Nelken. Un análisis detallado de su participación puede encontrarse en Raquel Arias Careaga (2009).
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[8]
En la carta, Rosa Chacel alude al soneto que le dedicó a María Zambrano, que aparece recogido en A la orilla de un pozo, publicado por primera vez en 1936.
Introducción
1Hora de España fue, sin lugar a dudas, una de las más relevantes iniciativas culturales que se desarrollaron durante la Guerra Civil. A pesar de su carácter efímero, su gran calidad artística e intelectual la hicieron pronto acreedora del reconocimiento internacional, como demuestra el hecho de que haya recibido atención crítica continuada y que fuera reeditada en Alemania al principio de los años setenta por Detlev Auvermann y, unos años después, por Turner, Liechtenstein Topos Verlag y Editorial Laia.
2La empresa nació por iniciativa de Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste y Juan Gil-Albert, que le dieron forma en una conversación mantenida a finales de 1936 en Valencia, a donde el Gobierno había trasladado a los intelectuales leales a la II República y en cuya Casa de la Cultura los alojó (Aznar Soler, 2007). Se fueron sumando al proyecto otros jóvenes escritores y artistas como Manuel Altolaguirre, que se encargó de su elegante edición, y Ramón Gaya, que la enriqueció con sus excelentes ilustraciones. Con el respaldo de Moreno Villa, que fue quien terminó de darle forma al título (Horacio Salas, 1978; Sánchez Barbudo, 1980; Jiménez Millán, 1982; Gil-Albert, 2004) [1], presentaron el plan a Carlos Esplá, en ese momento Ministro de Propaganda, que les garantizó la financiación. En julio de 1937, entraron a formar parte de la redacción María Zambrano, Arturo Serrano Plaja y Ángel Gaos; más tarde, también lo harían Enrique Casal Chapí y José María Quiroga Plá.
3Compuesta en formato de in-octavo, era de gran elegancia y, tipográficamente, impecable. Salía con periodicidad mensual y en la portada de cada número aparecía la indicación «Ensayos, poesía, crítica –al servicio de la causa popular». En cuanto a su tirada, Sánchez Barbudo estimaba que era de alrededor de 5000 ejemplares (Lechner, 2005: 312). La revisa estaba organizada en diferentes apartados: se abría siempre con los comentarios de Juan de Mairena, y después incluía secciones como «Testimonios», «Comentarios políticos» y «Notas». También aparecían reseñas, novelas por entregas, narraciones cortas, piezas teatrales, discursos y conferencias, cartas, críticas literarias y noticias.
4Los primeros doce números salieron a la luz en Valencia y, a partir del XIII, en Barcelona, a donde se tuvo que trasladar la redacción. Sus secretarios fueron cambiando por las circunstancias de la contienda: cuando llamaron a filas a Sánchez Barbudo (que estuvo a cargo de los números publicados en Valencia), asumió el cargo Gil-Albert y, en el momento en el que este tuvo que ocupar su puesto en el frente, le sustituyeron María Zambrano y Emilio Prados.
5La nómina de sus colaboradores es ya un indicio de su valor como testimonio de la actividad intelectual desarrollada entre 1937 y 1938. Muchos de ellos eran muy jóvenes y pertenecían a la Alianza de Escritores Antifascistas; otros, ya consagrados, brindaron su participación en un gesto de generosidad y entusiasmo. Formaban parte del «Consejo de colaboración»: Antonio Machado, José Bergamín, Tomás Navarro Tomás, José F. Montesinos, Enrique Díez-Canedo, Corpus Barga, José Gaos, León Felipe, José Moreno Villa, Juan José Domenchina, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Miguel Hernández, Max Aub, Carles Riba, Juan del Encina, Joaquín Xirau, Benjamín Jarnés y Luis Lacasa. Y, junto a los miembros de la redacción ya nombrados un poco antes y estos últimos intelectuales, firmaron autores extranjeros como Tristan Tzara, Tomas Mann, Vicente Huidrobro, Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, y españoles como Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Margarita Nelken, Julián Marías, Pedro Garfias, Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Clemencia Miró –hija del escritor Gabriel Miró–, Max Aub, Germán Bleiberg, Máximo José Khan, Antonio Porrás, Concha Zardoya y la autora sobre la que trata este estudio, Rosa Chacel [2].
6Hora de España venía así a ocupar su lugar dentro de una sucesión fecunda de publicaciones periódicas, que, por su dinamismo y su calidad literaria, contribuyeron a enriquecer el panorama cultural de España durante las tres primeras décadas del siglo XX. Antes de la guerra, revistas como España, Revista de Occidente y Cruz y Raya habían estimulado el debate político e intelectual del país; mientras Ultra, Índice, Mediodía, Carmen, Gallo, Litoral o La Gaceta Literaria habían dado forma a la nueva estética poética. Ya en los años treinta, habían surgido revistas literarias más comprometidas ideológicamente como Octubre o Caballo Verde para la Poesía. En el verano de 1936, muchas de estas revistas dejan de publicarse y vienen a ser sustituidas por folletos, hojas volanderas, publicaciones de vida efímera y de diversa catadura, que, por lo general, habían sido creadas con un propósito propagandístico. Dentro de este grupo, desempeñaron un papel relevante: El Mono Azul, publicada a instancias de la Alianza de Intelectuales Antifascistas; Hoja Literaria, de la que había sido director Antonio Sánchez Barbudo; El Buque Rojo; Madrid, creada por los intelectuales relacionados con la Casa de la Cultura, en Valencia, en 1937; Nueva Cultura, de carácter más popular; y Música, aparecida en enero de 1938, en Barcelona y dirigida a un público de especialistas en esta disciplina.
7Entre todas ellas, sobresale Hora de España por su escrupulosa presentación y el nivel artístico-literario de sus colaboraciones. No hay que olvidar que, desde muy pronto, la revista contó con la adhesión de la intelectualidad internacional, de lo que son muestra el plantel de colaboradores extranjeros que ya hemos mencionado, así como la conocida declaración del escritor americano Waldo Frank que, en el periódico The Nation, en abril de 1939, afirmó: «Hora de España [es], a mi entender, el mayor esfuerzo literario que ha salido de cualquier guerra».
8Más adelante, su interés documental y la complicada historia textual de su último número acrecentaron la atención que ya por sí misma la revista despertaba dentro del mundo académico. Este volumen, el XXIII, debería haber aparecido en noviembre de 1938 en Barcelona, pero la ofensiva de Cataluña retrasó su edición y no terminó de imprimirse hasta enero de 1939 (Caudet 1974b : 97). Su existencia y las circunstancias en que vio la luz generaron durante años amplia discusión. Durante un tiempo se creyó que los ejemplares que se conservaban de este número habían sido destruidos por las tropas franquistas del general Yagüe sin haber podido ser distribuidos (Caudet, 1974a). En 1941, en la revista Taller, Antonio Sánchez Barbudo explicaba que la tirada había quedado en Barcelona. María Zambrano, por su parte, había conseguido conservar las pruebas de la última colaboración de Machado que abre el número, titulada «Mairena póstumo», donde el poeta dedicaba unas palabras a su padre, don Blas Zambrano –que conocía desde los tiempos en que vivía en Segovia– y se las había dejado a Federico de Onís en Nueva York en la primavera de 1939, pero no las había podido recuperar después. En 1969, Aurora de Albornoz consiguió dar con las pruebas perdidas en la Universidad de Puerto Rico y en 1974 Francisco Caudet dio la noticia del hallazgo del número completo gracias a la ayuda del escritor Camilo José Cela, que le proporcionó una copia que tenía en su poder (Caudet 1974b : 107) [3].
9Asimismo, suele destacar Hora de España entre otras publicaciones que vieron la luz durante la Guerra Civil por su intelectualismo y su relativa neutralidad ideológica. Frente al carácter más popular y explícitamente combativo de El Mono Azul o de Nueva Cultura, la redacción de Hora de España, ya desde el «Propósito» que abre el primer número, después de haber puntualizado que su título se refiere a su intención de «reflejar esta hora precisa de revolución y guerra civil», marca distancias con esas hojas volanderas de «primera necesidad» que «se expresan en tonos agudos y gestos crispados», con la intención de llegar a un público extranjero y demostrar que «España prosigue su vida intelectual o de creación artística en medio del conflicto gigantesco en que se debate».
10En Memorabilia, Juan Gil-Albert (2004) confirma esta independencia ideológica, al mismo tiempo que reconoce la existencia de tiranteces entre los partidarios de una u otra corriente. También Sánchez Barbudo, en una carta que envía a Lechner en marzo de 1967, le explica que entre los redactores no había problemas, porque, aunque algunos eran apolíticos y otros simpatizantes de algunas de las tendencias ideológicas dominantes, como el comunismo, lo que les unía era una condición común « frente popular, izquierdista, liberal, no sectaria » (468) y la obsesión de no caer en «propagandismo, en mala literatura» (468), si bien no deja de reconocer que esta actitud fue objeto de críticas o de presiones por parte del Ministerio y de escritores más radicales. No obstante, Zambrano (1974) niega conflictos de ningún tipo.
11Por ese motivo, aunque adscribiéndola al movimiento antifascista y de izquierdas y subrayando su compromiso con la realidad que le rodeaba, la mayoría de la crítica ha señalado esa autonomía estética de Hora de España (Francisco Caudet, 1974; Javier Alfaya, 1975; Serge Salaün, 1977; Monique Roumette, 1977; Rafael Osuna, 1986; Francisco Caudet y Michel García 1984; Juan F. Villar Dégano, 1986; Teresa Fèrriz Roure, 1988; Marisa Sotelo, 1989; Rosa María Grillo 1996; Ródenas, 2004; De la Ossa Martínez, 2018; Andrés Trapiello, 2019; Manuel Valero Gómez, 2021).
12En este sentido, es necesario tener en cuenta que se trataba de una revista dirigida a un público culto e intelectual, con un nivel económico estable, como demuestra su elevado coste (Marco Antonio de la Ossa Martínez, 2018) y que, como subraya Ródenas (2004), era popular, pero es difícil, por su nivel de abstracción conceptual, que estuviera destinada al pueblo (45). De modo que, si bien es cierto que en algunas de las contribuciones predomina un tono filocomunista, una confianza idealista, no exenta de ingenuidad, en el progreso social y un compromiso evidente, también lo es que estos son siempre equilibrados por una actitud de integración y de sano debate intelectual, que huye del fanatismo (Villar Dégano, 1986). En consonancia con esta visión, Andrés Trapiello (2019) la define como una revista «más allá de la propaganda» (233) ya que, según explica, a diferencia de otras revistas de la época, Hora de España era «un lugar en el que se podía pensar, discutir, disentir incluso» (233).
Rosa Chacel en Hora de España
La «Epístola moral a Sérpula»
13Rosa Chacel publicó en los siete primeros números de Hora de España; en su mayoría. Sus contribuciones eran ensayos crítico-literarios o filosófico-ideológicos; en una sola ocasión se trataba de un poema, la «Epístola moral a Sérpula», que después recogería en Versos prohibidos, que vio la luz por primera vez en 1978.
14Esta última composición formaba parte de una serie de epístolas morales y religiosas que la autora había escrito entre 1937 y los años cuarenta y que dirigía a diferentes amigos: Concha Albornoz, Máximo José Khan, Norah Borges, Kazantzakis [4]. En el «Preliminar de Versos prohibidos» (Poesía, 1992) explica los motivos por los que las escribió y contextualiza su creación.
15La primera de este grupo de composiciones es la que publica con el título de «Epístola moral a Sérpula [5]» en Hora de España en junio de 1937 y que dedica a Concha Albornoz. En el «Preliminar de Versos prohibidos» también nos da idea de su concepción. En 1933, su íntima amiga, filóloga, preparaba oposiciones a cátedra de instituto. A veces, para animarla, Rosa Chacel la acompañaba. En estos periodos, hablaban y leían juntas los textos que Concha tenía que estudiar. El poema que las dos preferían entre todos era la «Epístola moral a Fabio de Andrés Fernández de Andrada [6]». Les gustaban especialmente los últimos cuatro versos en los que veían condensado todo el existencialismo español y a los que daban nuevas interpretaciones a partir del contexto histórico que las rodeaba: los nuevos cambios instaurados por la II República. Ese interés compartido por el poema del siglo XVII, lleva a autora a prometerle a su amiga que cuando haga un viaje le dedicará una composición que tome la epístola moral a Fabio como modelo. La ocasión llega en 1937: Rosa Chacel ya se había marchado con su hijo a Francia y desde la distancia contempla cómo su amiga, después de haberse involucrado fugazmente en política, fracasa. El episodio había sido grave, pues, como declara la autora en la biografía de su marido, Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín (2021), este error de Concha de Albornoz de mezclarse en política casi le había costado la vida, que le habían salvado por ser la hija de don Álvaro de Albornoz. Lo curioso del caso es el carácter profético de la promesa de la autora, porque, si bien las circunstancias en las que había escrito el poema eran las previstas (un viaje al extranjero), lo que quizás no podía saber en 1933 es que, cuatro años más tarde, también la situación personal de la destinataria coincidiría con la del Fabio del célebre poema de referencia.
16En el «Prólogo» que Dámaso Alonso antepone a su edición de la «Epístola moral a Fabio», que se publica en 1978, el filólogo y poeta explica que, en uno de los manuscritos conservados, el que se encuentra en la Biblioteca Colombina de Sevilla, junto al nombre del autor, que no se explicita en todos los documentos, se nos proporciona el de la persona a la que el poema iba destinado: Alonso Tello de Guzmán, y su condición, «pretendiente en Madrid, que fue corregidor de la ciudad de México». La documentación encontrada por Dámaso Alonso parece demostrar que ambos vivieron en Nueva España en la primera mitad del siglo XVII. En esta bella composición estoica, el poeta le recomienda a su amigo que olvide sus pretensiones, lo que, de acuerdo con Dámaso Alonso, es bastante contradictorio, teniendo en cuenta que no solo el destinatario de esta reflexión moral, sino también la persona que la creó, habían albergado ambiciones personales al trasladarse al Virreinato de México.
17De cualquier forma, quizás el mayor logro del poema de Chacel sea su capacidad para establecer concordancias con la pieza barroca que desbordan lo puramente textual: los dos son escritos por y dirigidos a españoles que, en un momento dado de sus trayectorias, se verán obligados a emigrar a América; ambos han sido creados en un momento histórico de crisis económica, existencial, filosófica nacional; los dos destinatarios coinciden en su deseo de desempeñar un papel de relevancia en la vida política de su país; mientras que el emisor en las dos epístolas contempla con cautela sus ambiciones y les insta a «huir del mundanal ruido» amparándose en la corriente de pensamiento estoico, pero sin dejar a un lado sus propios anhelos de construirse una carrera profesional.
18Aunque el suceso vital de Concha Albornoz sirvió de desencadenante de la génesis del poema, a la reflexión moral se unen otras temáticas que también son abordadas en el poema como la nostalgia –la epístola se articula como una especie de despedida de España–, la preocupación por la situación de su país y la desolación ante la muerte.
19Como Rosa Chacel explica en «Sendas perdidas de la generación del 27» (Rebañaduras, 1986), en sus colaboraciones para Hora de España adoptó un tono elegíaco, que era el que ella consideraba que convenía para describir una guerra que percibió como «inaudita, inconcebible, imperdonable» (Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín, 2021: 114). Y en el «Preliminar de Versos prohibidos» relaciona los cuatro últimos versos de la «Epístola moral a Fabio» con la perplejidad con la que asistían a los cambios instaurados por la II República, en los que confiaban, pero que les generaban inseguridad, porque temían que no pudieran realizarse por la oposición con la que se encontrarían aquellos que querían llevar a España a la modernidad. En realidad, su ejemplaridad moral la lleva a declarar una verdad que también es amarga para ella (Candelas Gala, 2009).
Los ensayos
20Sin embargo, no hay que perder de vista que ese temor que Rosa Chacel reconoce haber albergado no le impidió situarse del lado del Frente Popular en cuanto estalló el conflicto, ni colaborar no solo en Hora de España, sino también en otras revistas como El mono azul, ni enrolarse como enfermera en la Cruz Roja ni firmar, junto a otros escritores del 27, el Manifiesto Fundacional de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, ni defender una postura ideológica vinculada con el anarquismo en algunas de los ensayos que vamos a analizar en este apartado.
21Desde su posición de intelectual, contribuye a avivar la vida artística y a elevar el estado de ánimo con sus colaboraciones. Entre estas, hay tres que cabría relacionar con el esfuerzo de recuperación de la tradición literaria y cultural hispánica que lleva a cabo el bando republicano con la intención de que el discurso sublevado no se apropiase de un patrimonio que consideraban que pertenecía a todos. Son «Notas. Un nombre al frente: Galdós», publicada en el número dos (febrero de 1937); «Notas. La primera palabra sobre la vida. En el primer centenario de Larra (1837-1937)», aparecida en el número siguiente (marzo de 1937) y «La nueva vida de “El viviente” (Sobre las Obras Completas de José Ortega y Gasset)», que vio la luz en el número cuatro (abril de 1937).
22Esta línea de indagación en el discurrir histórico español, que se articula como una exaltación de las esencias espirituales nacionales, la defensa de la ejemplaridad presente y la proyección esperanzada hacia el futuro, conecta a Rosa Chacel con el nuevo humanismo promulgado por los escritores de Hora de España, que hunde sus raíces en corrientes de pensamiento diversas, como el institucionismo, el noventayochismo, Ortega y Azaña (Schwartz, 1968; Moreno Sanz, 1998).
23El primero de estos textos crítico-literarios, sobre Galdós, lo abre la autora con una reflexión sobre la necesidad de que la revolución, para poder asentarse sobre una base sólida, rescate aquello que forma parte esencial del pasado, que fue creado como obra de amor. Es entonces cuando nombra al admirado novelista, que le parece el cantor de las miserias y grandezas del alma española, el artífice de un microcosmos diverso y multiforme que hunde sus raíces en la realidad de la tierra amada y se proyecta en la confianza en su progreso. Chacel considera que sobre todo Galdós demuestra su maestría en los Episodios Nacionales, que «contemplan todos los momentos de la pasión de nuestra patria y, sin ensalzarlos, los eternizan». La infinita comprensión del escritor canario, su capacidad de síntesis de los diferentes fenómenos que sacuden la vida cotidiana y la dominación de un estilo que siempre se muestra equilibrado, sencillo y natural son ensalzados por la autora. De entre los numerosos personajes que pueblan el mundo galdosiano, la escritora destaca a Salvador Monsalud, al que entiende como «el arquetipo de la españolidad», es decir, no aquello que los españoles querrían ser, sino lo que son irremediablemente, aunque no lo quieran, y lamenta no disponer de más espacio para analizar con más detalle también a Fortunata y a Camila. Finalmente, cierra el ensayo con una recomendación: la de alimentar la espera y la confianza en las sabias aguas de la novela galdosiana, fuente nutricia que a través del pasado vigoriza el presente y abre compuertas al futuro.
24Esta postura de Chacel respecto a la memoria cultural española como mecanismo de indagación en la identidad colectiva encuentra grandes concomitancias con la de otros escritores del 27 como Zambrano [7] y Cernuda. La filósofa malagueña, en un ensayo publicado en el número siguiente, de abril de 1937, «El español y su tradición», denuncia la apropiación de la historia que han llevado a cabo los llamados tradicionalistas, que se han imbuido de su papel de únicos herederos y exegetas del pasado y han creado una «galería de fantasmas» en la que encerrar a los no iniciados en sus misterios, y en otros dos textos posteriores, aparecidos en septiembre de 1937 y en septiembre de 1938, en la misma revista, alude a Galdós y a sus personajes como representantes de la voluntad del pueblo español, ideas que después reitera en su libro publicado en 1959 La España de Galdós. En cuanto al poeta y amigo íntimo de Rosa Chacel, Luis Cernuda, dedica al escritor canario, ya en el exilio, la segunda parte de su nostálgico y amargo «Díptico español», recogido en Desolación de la quimera (1956-1962). En la década siguiente, la propia Chacel vuelve a convertir a Galdós en objeto de estudio, junto a Cervantes y Unamuno, en su ensayo La confesión, que vio la luz en 1971.
25Si el primer ensayo de los crítico-literarios de Chacel está dedicado a uno de los grandes novelistas del Realismo, la figura sobre la que trata el segundo, Larra, no es menos representativa de la literatura comprometida del siglo XIX. Respecto a la elección de estos intelectuales por parte de los jóvenes colaboradores de Hora de España, entre los que se contaba la autora, comenta Mª Ángeles Ayala (2020) que era deliberada, ya que escogían a aquellos que destacaban por sus tendencias liberales y republicanas y su preocupación por el futuro de España, es decir, que eran escritores con cuyas posturas y aspiraciones se identificaban. Este trabajo está inserto en una serie de homenajes que los redactores de Hora de España tributaron a Fígaro en sus páginas con motivo del primer centenario de su muerte. Hay que tener presente que, en el mismo número, el correspondiente a marzo de 1937, se reproducía un texto significativo del periodista, «La planta nueva o el faccioso. Historia natural» y que Bergamín publicaría en noviembre de ese mismo año «Larra, peregrino en su patria (1837-1937). El antifaz, el espejo y el tiro».
26De una forma similar a como había recuperado el legado de Galdós insistiendo en su capacidad de revelación sobre los problemas que aquejaban a España, Chacel pone el foco en la preocupación de Larra por el estado de decrepitud material y espiritual en el que se encontraba su país e identifica esta obsesión del escritor romántico con un amor imposible que le lleva a criticar con mayor dureza lo que más ama con la esperanza de que este reconocimiento de los obstáculos con los que tenía que enfrentarse el país, pudiera contribuir a su avance, y que le acaba conduciendo, cuando da por perdida la batalla, a hacer sonar el pistoletazo. Por eso, también lo define como un «precursor de todo lo que llenó nuestro próximo pasado y de lo que, aun habiendo llegado a su madurez, no es todavía más que un futuro incalculablemente poderoso». Ese futuro, para la autora, está relacionado con el apego a la vida que ella concibe como la razón de que Larra renunciara a la suya –al apreciarla tanto que tuvo el valor de perderla para dar un ejemplo moral de compromiso con sus ideas– y de que Ortega la haya exaltado como motor principal de la existencia.
27El hecho de que en un artículo de análisis de una figura histórica como Larra mencione a Ortega no es baladí; para Dolores Thion (2009) este buceo en los mares de la tradición había sido promovido por Ortega y Gasset, que al haber favorecido en los estudios sobre el ser y el devenir humano un interés por lo biográfico, lo existencial y lo irracional, había propiciado el incremento en la producción de memorias, autobiografías y biografías. Además, este testimonio de adhesión al pensamiento del filósofo madrileño no es el único que encontramos en las colaboraciones que Rosa Chacel publicó en Hora de España, puesto que el tercero de los ensayos críticos está dedicado a él.
28Incluido en el número cuatro de este mismo año, 1937, saluda la aparición de las Obras Completas de Ortega. En el texto explica que, aunque el momento de turbación que están viviendo no es el más propicio para abordar una obra de trazo lento y laborioso como la de Ortega, le parece conveniente escribir sobre ella, puesto que, desde su punto de vista, tanto sus admiradores como sus detractores, sus discípulos como sus enemigos, tienen en ese momento «difundido en la médula del propio pensamiento y como perdido más hondo que el recuerdo» el de su querido maestro, hasta tal punto que, consciente o inconscientemente, le siguen hasta los que creen que lo están combatiendo. A continuación, se pregunta por qué razones se le refuta y llega a la conclusión de que las causas son simplemente políticas. Después de anunciar que no va a tratar la relación de Ortega con la política en este ensayo y de romper una lanza a favor de La rebelión de las masas, interpretada por ciertos sectores como una manifestación del clasismo de Ortega, resalta el valor humano de su obra, incidiendo en su búsqueda de la verdad, a veces brutal, y en su gusto por la discusión intelectual, a la vez que revaloriza su papel de creador de una escuela de pensamiento coherente, para lo cual lo pone en relación con Unamuno, otro de sus grandes referentes. Y finaliza subrayando las aportaciones principales de Ortega a la filosofía contemporánea: su exaltación de la vitalidad; la adopción de una metodología basada en la contemplación; la recuperación de la dimensión histórica; su alabanza, no declarada por prejuicios de carácter ideológico, pero consciente, de la piedad.
29La circunstancia de que Rosa Chacel decidiera insertar este reconocimiento a la labor intelectual de Ortega y Gasset en abril de 1937 en Hora de España es relevante, porque indica que tanto la escritora como la revista mantenían esa independencia ideológica que la redacción había declarado característica de esta empresa cultural en el «Propósito» inicial. Es necesario tener en cuenta que Ortega había sido crítico con las actuaciones del Gobierno de la República, se había exiliado en el verano del 36, después de haber sido obligado a firmar por un grupo de jóvenes afiliados a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, un manifiesto de apoyo a la República, lo que denunció meses después desde París, y ya en el exilio, había saludado el ascenso del totalitarismo, todo lo cual había contribuido a despertar el recelo de la izquierda sobre él (Trapiello, 2019).
30Pero también es importante recordar que, antes de que el conflicto se situara en el primer plano de la vida pública, el filósofo había sido un maestro admirado y un pensador prestigioso que, con libros como Meditaciones del Quijote (1914), La deshumanización del arte (1925), y La rebelión de las masas (1929), sus artículos en El Sol y toda la actividad desplegada en la Revista de Occidente había reactivado el mundo intelectual de principios del siglo XX. Entre sus discípulos, figuran escritores que después llegarían a ser muy reconocidos de entre los cuales, al menos, tres participaron activamente en Hora de España: María Zambrano, Julián Marías y Rosa Chacel.
31Aunque en la obra de Ortega impera una visión sobre la mujer mediatizada por los prejuicios de género e incluso claramente misógina, lo cierto es que acogió en su círculo a mujeres como la pintora Maruja Mallo, María Zambrano y Rosa Chacel, y las estimuló a participar en varias de sus empresas culturales, como Revista de Occidente, donde la última publicó, en 1931, un ensayo reivindicativo acerca de las capacidades intelectuales de la mujer, «Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor», que no solo confrontaba los discursos de otros colaboradores de la misma revista, como Simmel y Jung, que, basándose en la diferenciación sexual, defendían la relegación de la mujer a un papel pasivo, sino que se adelantó en dieciocho años a los postulados defendidos por Simone de Beauvoir en El segundo sexo (Shirley Mangini, 2001; Susan Kirkpartrick, 2003; Isabel Navas Ocaña, 2011; Encarna Alonso Valero, 2016 y Alba Martín Santaella, 2021).
32Con el estallido de la Guerra Civil, parece que tanto Chacel como Zambrano le recriminan su falta de posicionamiento frente a los hechos. La primera tuvo una agria discusión con él, como ella misma cuenta en un artículo que le dedicó que fue publicado en Revista de Occidente (Rebañaduras, 1986) y la segunda, de acuerdo con Trapiello (2019), podría haber sido una de las personas de la Alianza de Intelectuales Antifascistas que lo obligó a firmar el manifiesto a favor del Frente Popular en 1936. Sin embargo, como declaran en su epistolario, las dos lo reconocen como su maestro y lo consideraban como una de las influencias más poderosas en su desarrollo como intelectuales. En el caso de Rosa Chacel, son también una muestra de ello las alusiones en sus diarios, sus artículos sobre el filósofo –aparte del publicado en Hora de España: «Respuesta a Ortega. La novela no escrita» y «Ortega» (Rebañaduras, 1986); «Ortega a otra distancia» (La lectura es secreto, 1989)– y el hecho de que lo incluyera en forma de personaje en sus novelas Acrópolis (1984) y Ciencias Naturales (1988), los libros segundo y tercero de su autobiografía novelada, la trilogía «La escuela de Platón», que había iniciado con Barrio de Maravillas (1976).
33En realidad, en el proceso de desautorización de la figura del filósofo no habían intervenido solamente sus vacilaciones ideológicas a partir de la instauración de la República, sino lo que Rosa Chacel, como Julián Marías, entendía como una mala interpretación de La rebelión de las masas. A pesar de los esfuerzos conscientes del filósofo por tratar de que no se identificara el «hombre de selección» con el más privilegiado desde el punto de vista económico o social, ni a la «masa» con el pueblo, lo que demuestra el ensayo de la autora, al tratar de combatir esta identificación, es que esa lectura de su obra se había difundido (y seguiría imperando, ya que, en 1983, cuando Julián Marías publica la segunda parte de su monografía Ortega, también la combate).
34La influencia de la visión de Ortega destilada en esta obra, especialmente la idea de que el conformismo obstruye el desarrollo de una sociedad, mientras que el esfuerzo y el afán de superación la hacen progresar, está presente en otro de los ensayos que Rosa Chacel publica en Hora de España, «Cultura y Pueblo», en el número de enero de 1937, que, por su explícito contenido ideológico, junto al que analizaremos el último, la carta a Bergamín, son los más controvertidos.
35La autora abre el texto con la declaración de que estos dos términos sobresalen entre los que pueblan la realidad contemporánea a ella y que ha percibido, en relación con esta cuestión, el intento, desde el ámbito intelectual, de identificarlos, lo que a ella le parece forzado. También se cuestiona el hecho de que «la revolución española» –se refiere así al momento histórico que atraviesa su país– trate de implementar sin cuestionarse si son coherentes con su propio proceso, los cambios que ha propugnado Rusia. A continuación, contrapone el marxismo, como un movimiento de progreso, al fascismo, entendido por ella como una reacción inmovilista. Declara que la oposición del pueblo a esta sublevación que trata de acotar los derroteros tomados por la evolución social es natural, pero muestra temor por la imposibilidad del pueblo de contenerse en sus expansiones. Deduce que es una «decisión subracional» la que lleva al pueblo a acercarse en estas circunstancias a la cultura y el conflicto consigo misma, la negación de la idea de Dios y la búsqueda del impulso vital, lo que conduce a la cultura a aproximarse al pueblo, pero duda de la autenticidad de esta fusión. A continuación, realiza un recorrido histórico en la evolución del reconocimiento del otro. Señala como un indicio de ese cuestionamiento prerrevolucionario del status quo el interés por el folklore y relaciona este fenómeno con la evolución del concepto de piedad que propició la transformación del mundo antiguo en el cristiano. Después, defiende la idea de que esa preocupación por la situación de los otros acaba propiciando una nueva evolución en el siglo XVIII: el hombre ya no tiene la mirada puesta en la otra vida, sino que lucha por elevar el nivel material y espiritual de sus semejantes, porque quiere que todos puedan alcanzar la felicidad. Este repaso acaba desembocando en la Rusia de principios de siglo, en la que nace la idea de pueblo. Pero, «¿qué es el pueblo para el pueblo?», se pregunta entonces y rechaza la visión heredada de que «el pueblo es ese venero de sabiduría, de poesía, de sentido que se muestra en el folklore», para declarar que, en realidad, es «ese yacimiento que hoy busca la cultura para vivificar sus raíces». Refuerza su argumentación afirmando que es absurdo poner ante el pueblo formas populares; le parece un espejismo romántico creado por la cultura, puesto que el pueblo no puede estudiarse ni añorarse a sí mismo. En ese sentido, considera anacrónica la proliferación del romance y un error que los jóvenes intelectuales consideren su deber cívico ejercitarse en este arte, así como el hecho de que se obsesionen con las representaciones teatrales en las que predomina una interpretación torcida de la historia. Después de alertar sobre la peligrosidad de difundir una versión simplista de esta, ironiza sobre el empeño que ponen ciertos intelectuales, que desconocen la vida de la calle, en autodefinirse como camaradas del pueblo. Desde su punto de vista, el único escritor que puede ser popular es el novelista, pero no han abundado ejemplares excelsos desde los tiempos de Galdós. Vuelve, entonces, a arremeter contra la literatura propagandística, demagógica y limitada, que prolifera en su época y que considera una pálida imitación de la del Romanticismo y acaba defendiendo la necesidad de crear un arte que no se encanije a propósito, sino que, esforzándose y superándose, pueda propiciar también una evolución social, cuyo futuro relaciona ella con dos modalidades propias del espíritu español: el Realismo y el anarquismo.
36En efecto, como señala Marco Antonio de la Ossa Martínez (2018), los conceptos de cultura y pueblo son dos de los que más se repiten a lo largo y a lo ancho de los veintitrés números de Hora de España. De hecho, casi cuarenta años después, María Zambrano, en las palabras de presentación al número XIII de la revista, vuelve a insistir en esta fusión: «Y lo que de un modo privilegiado da a ver ante todo Hora de España, es la creencia de que la suerte del pueblo y la suerte del pensamiento eran una y la misma en España» (1974: XI).
37En realidad, esa armonización de conceptos hunde sus raíces en la filosofía romántica, en concreto, en el pensamiento de Herder, que entiende la poesía como la manifestación del espíritu nacional de un pueblo (Villamil Carvajal, 2005). En la segunda mitad del siglo XIX, es recuperada por los institucionistas, como Giner de los Ríos, que, siguiendo a Krause, conciben la literatura, la lengua y el arte como los depositarios de la historia interna –lo que Unamuno denominaría la «intrahistoria» en En torno al casticismo (2015) y que tanto este último como Giner oponen a la historia externa u oficial (Giner de los Ríos, Estudios de Literatura y Arte, 1919)– y obtiene una nueva formulación en la reseña que Luis Cernuda inserta en el número ocho de 1937 de Hora de España sobre la antología Poetas en la España leal : «Es probable que andando el tiempo el historiador que quiera dar voz expresa a la hazaña anónima del pueblo que ahora pelea, acuda a los versos de un poeta». También Giner y los krausistas, así como sus discípulos, entre los que encontramos a Machado, entienden la educación y la cultura como formas de refinamiento de la sensibilidad que pueden conducir a la sociedad al progreso espiritual. De ahí, su interés en su difusión. Esa postura es evidente en la conferencia que el poeta sevillano pronuncia en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, titulada significativamente «El poeta y el pueblo», en la que defiende la difusión de la cultura como forma de despertar a los dormidos y concienciarlos.
38Durante los primeros estadios del conflicto, esa identificación es promovida también por el Partido Comunista, que añade a la concepción un nuevo elemento muy presente en la literatura comprometida del periodo: la tierra y su purificación a través del sacrificio (Salaün, 1977; Lechner, 2004). De acuerdo con Grillo (2002) esta unión sirve para resolver las contradicciones entre arte libre/arte dirigido, arte culto/arte popular. Esta corriente cristaliza en la profusión de romances de tipo épico que menciona Chacel, los cuales tuvieron gran representación en revistas como El mono azul. Sin embargo, a medida que van pasando los meses, algunos intelectuales republicanos manifiestan su cansancio respecto a la repetición de este molde y encaminan su obra poética por otros cauces. Como Rosa Chacel, Juan Gil-Albert, en la conferencia «El poeta como juglar de guerra» pronunciada en febrero de 1937, rechaza el romance y su valor anecdótico y apuesta por volver a los temas de siempre. Y críticos como Lechner (2004) y Manuel Valero Gómez (2021) subrayan la escasez de romances que aparecen en Hora de España, si comparamos la aparición de este tipo de modelo en otras revistas más populares.
39De hecho, aunque en la conferencia colectiva leída por Arturo Serrano Plaja en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, los autores que la firmaban, Arturo Serrano Plaja, Antonio Sánchez Barbudo, Ángel Gaos, Emilio Prados, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández y Ramón Gaya, insistían en esa relación entre el pueblo que combate ejemplarmente en el campo de batalla y los intelectuales, rechazan la literatura propagandística, por considerarla simplista, insuficiente y demagógica y apuestan por una recuperación humanista de la tradición.
40Klaus Meyer-Minnemann, Ana Luengo y Daniela Pérez (2003), en relación con esta conferencia, después de haber aclarado que, en realidad, fue escrita por Serrano Plaja, explican que en ella el autor trata de conciliar el respeto a la individualidad del artista con la ideología comunista que profesaba. No hay que olvidar que el Partido Comunista fue el inspirador de este Congreso y que el hecho de que Rusia fuera la única potencia internacional que había ayudado a la República ponía en una situación delicada al Gobierno. Con el ascenso de Negrín a la presidencia, el poder de esta corriente ideológica será creciente y otras opciones izquierdistas quedarán relegadas.
41Ello tiene mucha importancia para entender la postura de Chacel en «Cultura y Pueblo», texto en el que la autora había rechazado una cultura impostada y había abogado por la creación de unas formas artísticas auténticas y de calidad (Schwartz, 1969; Lechner, 2004) y donde, recordemos, había asociado el futuro al anarquismo; pero es todavía más esencial para comprender la relevancia de su última colaboración en Hora de España, que lleva por título «Carta a José Bergamín sobre anarquía y cristianismo» y aparece en julio de 1937.
42Esta carta es una reacción ante la lectura de un artículo que José Bergamín había publicado en el número 55 de la revista francesa Esprit, aparecido en abril de 1937, donde el que fuera editor de Cruz y Raya había relacionado el anarquismo con el desorden, el fanatismo religioso, el fascismo y el incendio de conventos durante la Guerra Civil. Bergamín, católico confeso, había progresivamente incrementado su compromiso ideológico con la izquierda durante la II República y, cuando estalló el conflicto, se convirtió en uno de los más poderosos defensores del Frente Popular y, concretamente, de la postura adoptada por el comunismo (Alfonso Sánchez Rodríguez, 2011; Andrés Trapiello, 2019). En este sentido, Marco Antonio de la Ossa Martínez (2018) resalta la importancia de un comentario afectuoso de Bergamín sobre las manos de Stalin. Asimismo, Klaus Meyer-Minnemann, Ana Luengo y Daniela Pérez y Effinger (2003) se refieren a su controvertida intervención en la sesión del 8 de julio del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura en relación con el caso Gide.
43Rosa Chacel, que entendía el anarquismo como libertad, amor y piedad, le recrimina a Bergamín en su carta que él lo identifique con desorden y resentimiento y que no lo analice desde un punto de vista filosófico, sino sensacionalista. En este trabajo es mucho más explícita respecto a su ideología de lo que lo que será en ocasiones posteriores, ya que no solo se declara anarquista y llega a reconocer que trató de acercar esta ideología, sin éxito, a un grupo de intelectuales, sino que, además, defiende la idea, basándose sobre todo en el pensamiento de Unamuno, uno de sus referentes intelectuales, junto a Ortega, de que toda la filosofía española «es fundamentalmente, por encima de toda opinión, anarquista». También se queja de que su adhesión a esta corriente de pensamiento le haya granjeado críticas entre los «escritores que trabajan por la revolución» y después indica que hay una «nueva Iglesia» a la que sus ideas escandalizan, lo que es una manera de referirse a los intelectuales afines al comunismo. Según explica, le molestó tanto que Bergamín utilizase el término anarquía como un improperio, como que atribuyera a la pujanza de este movimiento el desmoronamiento de la Iglesia católica en España, pues, para ella, las dos corrientes ideológicas tienen en común muchos puntos, entre ellos, su concepción humanitaria, que es la que permitirá quizás, en un futuro, que el anarquismo, como el cristianismo, evolucione desde su Antiguo Testamento hacia su Evangelio. También le comunica que cree advertir en él un escrúpulo político que le impide expresarse con libertad y le increpa directamente: «¿Acaso te cuentas entre los intelectuales que se han impuesto una especie de consigna para soslayar toda complejidad del pensamiento que puede hacer dificultoso por desánimo o descrédito, el desarrollo de los hechos políticos?». Después, da a entender que rechaza la idea, por considerarla insensata, y declara que ella nunca aceptará ese tipo de coacción ni la entiende en un intelectual que se precie. Otras cuestiones que aborda en relación con el artículo de Bergamín son la de la fe –advierte que se está produciendo un renacimiento religioso– y la de la creación. Aparte de a Unamuno, introduce referencias a otros artistas como Machado, Santa Teresa, Picasso, Goya o Velázquez. Entre ellas, destaca una cita que rescata de las colaboraciones de Machado en Hora de España en la que el poeta se refiere al carácter antisenequista de la filosofía unamuniana. Esa obsesión del pensador vasco con la creación como forma superadora de la muerte, la relaciona la autora con una concepción enraizada en el espíritu español, que cree percibir en el verso final de la «Epístola moral a Fabio», porque en él le parece que se deshace la filosofía de la resignación que ha predicado el autor a lo largo del poema.
44Esta carta no es contestada por el propio Bergamín, sino por alguien afín ideológicamente a él: Arturo Serrano Plaja, que en el mismo número de Hora de España, el de julio de 1937, publica «A diestra y siniestra (Los intelectuales y la guerra)», una áspera reconvención a la autora. Comienza este con una digresión acerca del caos y de sus súbditos, a los que define como «incontrolables», entre los que sitúa, a los que lo son de pensamiento, que se pueden clasificar en independientes, objetivos y tercamente honestos. Relaciona a los últimos con los que identifican anarquismo con España y es entonces cuando alude explícitamente a Rosa Chacel y su ensayo, que él rebautiza como «Anarquía y cristianismo». Primero ironiza sobre el relativo eco que su pensamiento ha tenido en la prensa local valenciana, del que Rosa Chacel se había preciado en su carta. Después, la desautoriza acusándola de inconsecuente, contradictoria, superficial e ingenua para pasar, a continuación, a preguntarle retóricamente por esa «nueva Iglesia» a la que ella alude: «¿Le parece a Rosa Chacel eclesiástica, en este sentido turbiamente peyorativo, la tarea, por ejemplo, de organizar la victoria para el pueblo español?». En este momento, alude a una circunstancia histórica de tremenda importancia para comprender el sentido de esta polémica: los sucesos de la primavera de 1937 en Barcelona. Le afea que ella hubiera declarado que se quería abstener de toda actividad política, pero luego deseara acercar a un grupo de intelectuales al anarquismo. Le da a entender que se confunde cuando identifica anarquismo, cristianismo y españolidad, y declara cínicamente que Bergamín no necesita valedores para aclarar los puntos de vista que se le discuten. También trata de darle la vuelta al principal argumento de autoridad que ella ha utilizado para defender su punto de vista: el pensamiento de Unamuno. Serrano Plaja contrataca dándole a entender que, cuando el rector de Salamanca se refería al espíritu anárquico español, no era para ensalzarlo, sino para criticarlo. Para ello, se basa en otra cita de Unamuno en la que este declaraba que, en España, el que no hace nada, espera ser tenido por un ser excepcional. Esto le da pie para sermonear a los que, no contribuyendo a la revolución, entorpecen la obra de los activos. Entonces, conecta el individualismo intransigente, que para él está en la médula del anarquismo, con el dogmatismo y el integrismo –y en este punto recurre a la identificación entre los colores negro y rojo de la CNT con los que ostenta la Falange–, y lo contrapone al sentimiento de lo colectivo. Así, aunque considera a Rosa Chacel alejada de ese peligro, le parece que hay que dejar las cosas claras para que un posible lector inocente no se confunda. Y acaba declarando que «esta revolución significa el agotamiento, afortunadamente, y cada día más, del anarquismo indolente o individualista de todo el pasado español».
45Para poder comprender esta polémica en todas sus dimensiones, es necesario enmarcarla en las coordenadas históricas en las que tiene lugar. Durante la contienda, dentro de la CNT se debatía si era posible llevar a cabo la revolución a la vez que la guerra, mientras que el Partido Comunista, una parte del socialista y los republicanos le daban prioridad a resolver primero el conflicto. Además, el POUM (Partido Obrero Unificado Marxista), que en algunos puntos se situaba cerca del trotskismo, también era mirado con animadversión por el comunismo y Rusia, la única potencia extranjera que proporcionaba ayuda material a la República, presionaba para que se impusiera la disciplina. Las tensiones iban en aumento a principios de 1937. En la primavera, la situación acabó estallando y, tras una serie de luchas intestinas, el enfrentamiento se saldó con la represión y el aislamiento del POUM y del anarquismo (Paul Preston, 2016: 269).
46Rosa Chacel, que ya estaba en París desde febrero de 1937, según Rodríguez-Fisher (1988), seguramente contemplaría estos hechos con suspicacia y por este motivo escribió su carta no solo con el propósito de reprochar a Bergamín su postura personal frente al anarquismo, sino también para tratar de propiciar una reflexión más profunda sobre esta ideología, al mismo tiempo que cuestionaba el discurso oficial del comunismo. Como quiera que fuera, este trabajo se convirtió en la última colaboración de la autora para Hora de España. De acuerdo con Trapiello, Rosa Chacel se apartó de la revista porque se sintió ofendida, no tanto por el contenido de la réplica, sino por el hecho de que Bergamín no se enfrentase directamente a ella, sino a través de Serrano Plaja (Trapiello, 2019).
47Asimismo, las cartas que se conservan de las que María Zambrano escribió a Rosa Chacel permiten suponer que entre ellas se produjo un intercambio de opiniones que podría haber tenido su origen en su diferente postura ante estos hechos. Todo parece indicar que Zambrano era ideológicamente más ortodoxa que Chacel (Trapiello, 2019; Valender, 1998) y próxima a Bergamín y Serrano Plaja (Leyra Fernández-Labandera, 2006). En una misiva fechada en junio de 1938 la filósofa, después de declarar que ha pasado un año desde que recibió la última de Chacel, admite que, aunque ha tratado de escribirle, le resultaba muy difícil, porque su texto era cortante y sus aristas afiladas, lo que parece indicar que recibió un texto contundente y airado. A continuación, menciona a Serrano Plaja, a quien, por la respuesta de Zambrano, se puede deducir que Chacel llamaba «tu colega», lo que la malacitana interpreta como una sugerencia de que eran aliados en una causa. Parece hacer frente a una acusación de Chacel. No hemos podido acceder a la carta que envió la novelista, pero en su respuesta Zambrano le aclara que, aunque «entonces» (¿julio de 1937?) no se hablaba apenas con él y habían tenido varios conflictos, en los últimos tiempos se habían acercado mucho y zanja la cuestión diciendo: «él ya ha andado mucho camino y yo… también. Todos aquí».
48Este «Todos aquí» es el comienzo de un reproche tácito que se desarrolla a continuación. Después de declarar que no quiere discutir con ella, le anuncia que no le puede dar la razón, porque ella ve las cosas desde otro punto de vista, que parece relacionar con su distinta situación física durante la guerra: le dice que ha descubierto en Barcelona las razones para pensar de forma distinta, bajo las bombas, «sintiéndome beligerante, enemiga de Giménez Caballero al que considero un miserable traidor, al que jamás daría la mano. Enemiga hasta la muerte de todos los que han vendido a España, a quien jamás llamaré mía porque soy yo de ella y esta es diferencia de amor». Seguidamente, le indica que no duda de su amor a España, pero considera que su forma de amarla es similar a la de Unamuno, lo que las diferencia, y añade que cree que Chacel se encuentra desorientada, como Ortega. En este punto, inserta otra censura: le da a entender que, mientras la novelista se ha enfadado con el filósofo, pero se ha vuelto a reconciliar con él, ella ha cortado relaciones definitivamente.
49Las cartas posteriores permiten suponer que este enfado les pesó a las dos durante años, hasta el punto de que Chacel dejó de escribir a su antigua amiga, como ella misma admite en «Rosa mística [8]» (1984), una carta abierta a Zambrano, publicada en Cuadernos Hispanoamericanos treinta años después de su último escrito, por esa divergencia de pareceres, que en este texto trata de neutralizar.
50Sin embargo, fuera porque su perspectiva ideológica, había cambiado a lo largo de los años o por un deseo de no seguir generando controversia, en las entrevistas y declaraciones que Rosa Chacel hace una vez instalada de nuevo en España, después de haber estado exiliada alrededor de veinte años, se observa una voluntad manifiesta de evitar las referencias a su antigua adscripción al anarquismo o a un movimiento político concreto. De este modo, aunque se vincula a la izquierda y se define como «desafecta al régimen», si en «Sendas perdidas de la generación del 27» declara que «no tenía ninguna significación política» (Rebañaduras, 1986: 110), en «Autopercepción intelectual de un proceso histórico» se sitúa fuera de la vida pública representativa: «Alguna colaboración en Hora de España demuestra que –con alma y vida– estaba con todos, pero mis facultades no eran adecuadas a la acción, ni siquiera a colaborar con los activos» (Anthropos, 1988b: 27),
51Asimismo, en la entrevista con Antonio Porlán que se publica en forma de libro, con título La sinrazón de Rosa Chacel (1984), cuando el entrevistador le pregunta por su ideología, señala que a los diecinueve años la aparición del comunismo la fascinó, pero de una forma estética. Alberto Porlán vuelve a insistir y le pregunta si Timo se afilió a algún partido a lo que ella contesta: «Nunca, nunca. Éramos eso que tuvo que explicar Baudelaire cuando se encontró en la misma situación… éramos liberales. Ya en nuestros tiempos la palabra no se empleaba en absoluto. Éramos de izquierdas, izquierdistas. Eso lo fuimos siempre». El entrevistador contesta: «Sobre todo, en las costumbres» y ella confirma: «Sí, en el género de vida. En la moral, en la cultura, en la estética… el tipo de arte que nos interesaba, el tipo de literatura y el tipo de moral que vivíamos. Todo era de izquierdas, claro» (42-43).
52Y en el Retrato de Rosa Chacel de Mª Asunción Mateo (1993), después de aclarar que su marido y ella eran «gente liberal», afín a los Albornoz y a don Fernando de los Ríos, cuando la investigadora le pregunta si perteneció a algún partido, ella responde: «No, jamás. Fui muy amiga de los comunistas, pero nunca me metí en eso. Yo siempre me he considerado de “izquierdas”, y creo que ahí entra todo. En más de una ocasión he dicho que yo no he sido revolucionaria, sino evolucionaria, que me parece más importante» (78).
53Conclusiones
54Es precisamente la falta de referencias a esa juvenil adhesión al anarquismo una de las cuestiones por las que nos parecía especialmente interesante analizar el contenido de las colaboraciones que Rosa Chacel publicó en Hora de España, pues es posible que su comportamiento obedezca no solo a una evolución personal, sino también a un miedo a significarse o a ser rechazada que puede vincularse con otras actitudes sorprendentes en la autora, como el hecho de que rechazara el dramatismo que pudo tener en su vida el exilio o la negación de los obstáculos con los que se toparon las mujeres que quisieron participar en el mundo intelectual de su época.
55También nos parecía que estas aportaciones, junto a otros documentos, como ciertos textos autobiográficos, donde se explica que se enroló como enfermera de la Cruz Roja o que firmó manifiestos antifascistas o que publicó en revistas relativamente comprometidas como El mono azul, contradecían esta afirmación de que no había tomado parte activa durante la guerra, lo que quizás tenga que ver con una especie de complejo de culpabilidad originado por la conciencia de que vivió desde el extranjero la fase más amarga de la contienda, como parece sugerir en la biografía de su marido cuando reconoce: «Y yo tengo que confesar que no hice la guerra; yo me fui a París, con mi hijo, en marzo del 37» (2021: 114), a la vez que un escrúpulo moral que le impide regodearse en su condición de víctima.
56No obstante, no es esta la única razón de que hayamos decidido dedicarle a estos textos este estudio. También nos ha llevado a ello el deseo de completar la información que tenemos sobre esta escritora, uno de los miembros del grupo del 27, que probablemente por ser exiliada y mujer, no recibió la misma atención crítica que sus compañeros; la necesidad de reivindicar la importancia que su obra literaria y sus planteamientos tuvieron en el desarrollo intelectual y artístico de la España de principios del siglo XX y de qué manera su pensamiento se refleja en una empresa de la calidad y la magnitud de Hora de España; así como el propósito de enmarcar su visión respecto a cuestiones centrales del debate europeo contemporáneo como las imbricaciones entre cultura, identidad, historia e ideología en un contexto filosófico que desde el Romanticismo y con la pujanza del krausismo, el noventayochismo y el pensamiento de Ortega había alimentado esta discusión.
57En este sentido, estimábamos de gran importancia la aportación de la escritora a la línea de recuperación de la tradición como forma reveladora de las esencias nacionales y de proyección sobre el futuro, así como su reflexión sobre las fructíferas y problemáticas relaciones entre los conceptos de arte y pueblo, sobre todo, en un momento en el que la Guerra Civil, probablemente el suceso más traumático de la historia española contemporánea, ponía sobre la mesa la controversia sobre estas cuestiones.
58Por todos estos motivos, consideramos que merecía la pena rescatar, teniendo en cuenta su enorme calidad literaria y su valor intelectual, estos textos tan significativos dentro de la trayectoria de una de las grandes escritoras españolas contemporáneas, Rosa Chacel, sin cuya fundamental contribución la evolución de la literatura española del siglo XX no se podría conocer en su amplitud y diversidad.
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Palabras clave de la editorial: anarquismo, Chacel (Rosa), Generación del 27, Hora de España, literatura española contemporánea
Fecha de publicación en línea: 16/01/2023
https://doi.org/10.4000/bulletinhispanique.16277