El impacto social de los sistemas de I+D+I
Páginas 73 a 83
Citar este artículo
- EIZAGIRRE, Andoni
- y URTEAGA, Eguzki,
- Eizagirre, Andoni.
- et al.
- Eizagirre, A.
- y Urteaga, E.
https://doi.org/10.3917/proj.011.0073
Citar este artículo
- Eizagirre, A.
- y Urteaga, E.
- Eizagirre, Andoni.
- et al.
- EIZAGIRRE, Andoni
- y URTEAGA, Eguzki,
https://doi.org/10.3917/proj.011.0073
Modelo ingenuo y triunfalista
1En su origen las políticas científicas han sido básicamente políticas públicas de promoción de la investigación básica, justificadas por un modelo lineal que asociaba investigación a productos novedosos, motor de aumento del bienestar social a través de la creación de riqueza. En segundo lugar, la imagen que automáticamente relacionaba la innovación y el bienestar descansaba en la distinción entre predecir y aplicar que presuponía el modelo lineal de innovación: toda aplicación es posterior a la adquisición de un conocimiento fiable sobre sus efectos y, de esta manera, el conocimiento teórico y el método experimental propio de la ciencia académica garantizan junto a la adecuación de una teoría también la efectividad y fiabilidad de su aplicación tecnológica. El modelo lineal de innovación, la neutralidad valorativa y la certidumbre sobre las consecuencias han sido premisas que alimentaron una imagen de la ciencia en la sociedad.
2Los contenidos y supuestos que asume la política científica, al menos en su origen, podemos determinar como sigue: (1)?financiación sin límites de la investigación, no condicionada por objetivos, y proyectada a largo plazo; (2)?visión científica del progreso, modelo lineal basado en el empuje de la ciencia y por tanto asociación triunfalista entre investigación básica, aplicación tecnológica y beneficio ilimitado; (3)?autonomía de los científicos, incentivación de la carrera investigadora, e independencia (funcional y moral) del científico ante las aplicaciones posibles. Esta política de oferta y estímulo indica que el impacto de la ciencia está automáticamente ligada a la inversión realizada (financiación de la investigación) y los recursos promovidos (personal y centros de investigación).
3En este contexto, en tercer lugar, los estudios sobre percepción social de la ciencia se han utilizado para conocer el apoyo popular que tienen las políticas científicas y tecnológicas. Durante tres décadas se ha manejado la hipótesis del déficit cognitivo, modelo explicativo que establece una correlación entre nivel de conocimiento (vocabulario y método científico) y actitud sobre ciencia. Los cuestionarios se emplean como herramienta para evaluar el grado de conocimiento científico de los ciudadanos, como bien indican el concepto de “alfabetización científica” que se emplea en los EE.UU. y el uso de la expresión “comprensión pública de la ciencia” en Europa. Las nociones de alfabetización y comprensión apuntan la orientación que adoptan los cuestionarios sobre percepción social de la ciencia.
4El artículo se detiene precisamente en esta tercera cuestión, si bien tiene como objetivo último analizar críticamente la política científica. Creemos que un análisis de lo que a la gente preocupa en materia de ciencia y tecnología es una manera alternativa de indagar nuevos determinantes y objetivos de la noción “impacto social de la ciencia”.
Del conocimiento a la confianza
5Las iniciativas ligadas a generar apoyo de las políticas científicas y tecnológicas se han centrado en la alfabetización y divulgación del conocimiento científico. Una primera crítica de carácter general es precisamente que aquel objetivo poco tiene que ver con el propósito de conocer lo que origina preocupación social en relación a los avances científico-tecnológicos. Es más, los cuestionarios en su caso han servido para conocer el nivel de apoyo popular de la ciencia y los científicos, algo que difiere curiosamente de conocer los contextos en los que interactúan la ciencia-tecnología y la sociedad. Las diversas críticas a los cuestionarios, así como los resultados empíricos obtenidos, y otros estudios sobre el tema han originado una amplia literatura. Se trata de algo que también reconocen los expertos dedicados a diseñar, implementar y analizar los cuestionarios europeos (Bauer & Gaskell, 2002; BEPCAG, 1997; Dierkes & Grote, 2000; Durant et al., 1998).
6Sin ánimo de exhaustividad, aquí ordenamos las principales conclusiones (Urteaga & Eizagirre, 2011): los cuestionarios reconocen los problemas empíricos del axioma “the more you know, the more you love it”; la confianza depositada en la ciencia no es una particularidad que se debe considerar como dada, la gente distingue entre las aplicaciones y todo indica que las actitudes personales ante estas aplicaciones se estabilizan con el transcurso del tiempo; generalmente un escaso nivel de conocimiento se asocia a posturas alienante, indiferente y cínica; por el contrario, se precisa el rol que desempeña el conocimiento como variable explicativa de las percepciones sociales: el alcance explicativo del nivel de conocimiento todavía importa, si bien se liga a su relevancia en la consolidación de las actitudes, que puede ser favorable o contrario; hay un continuum de las actitudes idealista-tradicional a actitudes realista-escéptica de la ciencia y su relación con el conocimiento de las instituciones científicas y de las nuevas formas de producción del conocimiento.
7No es nuestro objetivo resolver esta cuestión, no obstante, lo que indica es que importan (a)?el nivel de conocimiento institucional de la ciencia y (b)?el modo de entender la ciencia en un ámbito político, económico y de regulación más amplio. El primero discrimina entre actitudes ingenua y ambivalente, el segundo explica las divergencias entre quienes depositan percepciones ambivalentes. Creemos que son los principales determinantes de las percepciones sociales de la ciencia y factores explicativos sobre el tipo de relación que deben tener las aplicaciones tecnológicas con las prácticas cotidianas en un contexto determinado. La comprensión de las actitudes sociales debe indagar, por tanto, (a)?más que la dimensión cognitiva, los aspectos socio-institucionales de la ciencia, y (b)?las percepciones ante la función social que juegan aquellos factores (el conocimiento del contexto de la ciencia, factores como el apoyo y la financiación de la investigación, la organización científica y el control del conocimiento) en el devenir de la innovación.
8En relación al segundo de los factores, que en definitiva consolida las actitudes favorables y contrarias, es importante integrar a la reflexión las diferentes culturas de la ciencia. Para ello distinguimos entre: (a)?la cultura académica. Asume y promueve la imagen corriente de la ciencia, que concibe el científico libre de valores, motivado por la curiosidad, dedicado al análisis de la evidencia interna de la naturaleza y alcanzar de esta manera el saber sobre la certeza de la verdad; (b)?la cultura industrial. Su preocupación es que la ciencia se reconozca y estimule como motor de bienestar y se asuma en definitiva el rol de la innovación en la productividad; (c)?la cultura burocrática. Se interesa de la ciencia como fuente de conocimiento certificado, lo que permite socializar a su vez la idea de que una acción política efectiva debe ser guiada por los expertos y su autoridad cognitiva; y, (d)?la cultura cívica. En su origen preocupada ante todo por las consecuencias de la producción y aplicación de la ciencia y la tecnología, pretende que las instituciones y prácticas de la ciencia exhiban un fuerte sentido de la responsabilidad social. La comprensión plural de las dinámicas científicas actualiza la necesidad de retomar la discusión relativa a las diferentes culturas políticas de la ciencia y sus implicaciones en la arena pública.
9Lo dicho es suficiente para avanzar en nuestro propósito. Se pueden extraer dos conclusiones principales: (a)?el nivel de conocimiento discrimina entre posturas ingenuas y realistas, y entre los realistas la confianza se convierte en la sustituta funcional del conocimiento; (b)?en las actuales condiciones posindustriales de la sociedad del conocimiento, el apoyo y reconocimiento público de la ciencia va a depender progresivamente de las preferencias sobre el modo como las dimensiones normativas e institucionales se estructuran. Importa destacar que un mayor nivel de conocimiento se asocia a posturas típicamente críticas, sean favorables o contrarias, pero esto nos sitúa en sociedades que debido a sus capacidades económicas, culturales y educativas se muestra crecientemente exigente. En definitiva, (a)?un mayor conocimiento se asocia a posturas críticas y ambivalentes, y (b)?los aspectos relativos a la ciencia y el conocimiento deben responder al control político y el escrutinio público; algo que cuestiona dos premisas básicas en el contrato social de la ciencia.
10Con todo, en términos generales, podemos retomar las conclusiones que avanzan los últimos Eurobarómetros sobre ciencia, tecnología y ciudadanía: la gente valora de manera positiva la ciencia y los científicos, deposita grandes esperanzas ante los nuevos cambios científico-tecnológicos y exigen el asesoramiento de los expertos como base de las decisiones políticas, pero al mismo tiempo solicitan mayor control sobre la actividad científica, más transparencia en el quehacer de asesores y expertos, y también la aplicación de las normas éticas sobre las prácticas científicas.
Las nuevas políticas de estímulo en ciencia y tecnología
11La pluralidad de respuestas ante el avance científico-tecnológico obliga referirse a los cambios recientes en las políticas científicas. La evolución de los indicadores de ciencia entendemos como base explicativa de las reticencias sociales ante las trayectorias que adopta la innovación tecnocientífica.
12Un análisis detenido de los indicadores de ciencia efectivamente confirma que los contenidos y supuestos asumidos por la política científica en su origen (Science: The Endless Frontier, 1945) han evolucionado sustancialmente. En efecto, desde el empuje de la ciencia y la demanda de mercado hasta la revisión del modelo lineal y la consolidación de los sistemas de innovación observamos la emergencia de una nueva modalidad de actividad científica. Así, cierto que la literatura académica sobre innovación ha reconocido problemas asociados al modelo lineal y los programas de estímulo de la innovación han avanzado nuevos indicadores en lo que a la medición de inversión, oferta científico-tecnológica y apropiación de esa oferta por las empresas se refiere.
13Pero es precisamente esta evolución la que permite constatar más claramente una comprensión reductiva del fenómeno de la innovación, en el que domina claramente el lenguaje de la competitividad y la rentabilidad, así como la omisión de aquellos indicadores de impacto social más amplios. Cierto que los tiempos recientes son indicador de acentuados y penetrantes cambios en el avance del conocimiento, pero no menos importante es señalar que la ciencia así como sus valores y objetivos también están sometidos al ámbito social y económico más amplio en el que se desarrollan. Las posturas realistas sobre ciencia reconocen estos cambios, y difieren en su valoración.
14En primer lugar, la creciente mediación del mercado en el sistema de investigación obliga distinguir entre, por una parte, el crecimiento económico y la pluralidad de los productos para el consumo, y, por otra, los problemas de bienestar y sociales. Proponemos que: (a)?hay que diferenciar el crecimiento económico y la mejora del estándar de vida que la ciencia y la tecnología pueden avanzar por una parte, y por otra las que corresponden a la calidad de vida de los individuos y al bienestar de la sociedad; (b)?si bien al mercado le interesa presuponer que la ciencia y la innovación tecnológica tienen valores positivos propios, la mediación del mercado no asegura que la contribución positiva de las ciencias está garantizada; (c) las consecuencias de la ciencia y la tecnología en el crecimiento económico pueden, como sucede generalmente, desenmascarar los impactos negativos.
15En segundo lugar, se ha precisado además la capacidad de la ciencia para adaptar el orden social a sus intereses y la creciente dependencia de la vida social a los modos que impone la gestión científica y técnica. Ejemplos de lo expuesto resultan las nanotecnologías, el Proyecto Genoma, la ingeniería genética, los transgénicos, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, Internet, la reproducción asistida, entre otros.
16En tercer lugar, como indica Javier Echeverría en sus análisis sobre la revolución tecnocientífica, destacan las mutaciones radicales en la estructura de la práctica científica y tecnológica. La creciente importancia del rol que juega el mercado (sistemas de i+d+i, importancia de agencias exteriores a la comunidad científica y estrategias típicamente empresariales, transición de comunidades científicas a empresas tecnocientíficas, públicas y privadas) también está provocando nuevos problemas complementarios, especialmente aquellos no ligados y en principio independientes al crecimiento económico (mercantilización de la información y el conocimiento e industrialización de su producción, el uso de la ciencia académica como un subsistema más en los nuevos sistemas de investigación, desarrollo e innovación; subordinación de los valores epistémicos y técnicos a otros objetivos; transformación de la naturaleza y las sociedades; percepciones sociales ambivalentes y críticas; cambios y conflictos de valores).
La regulación de la ciencia en cuestión
17Junto a las políticas de estímulo, ahora las políticas sobre ciencia han ampliado su campo de acción al ámbito de la regulación. Es más, en un período corto de tiempo hemos pasado de la ausencia de regulación a formas dispares de gobernar el conocimiento.
18Es conveniente retrotraernos a los orígenes de las políticas de regulación. Las consecuencias de la producción y aplicación del avance científico-técnico consolidan un conjunto de fenómenos dispares: las críticas sobre la política científica estándar y su ausencia de regulación en el seno de la misma comunidad científica; los primeros debates en la comunidad de expertos sobre los impactos sociales, ambientales y laborales del crecimiento económico y el desarrollo industrial así como su reflejo en la emergente preocupación ciudadana; un ambiente cultural que cuestiona la teoría de la modernización y el desarrollo industrial. La tecnociencia y los asuntos relacionados con la salud, el trabajo y el ambiente se transforman a partir de la década de 1960 en objeto de competencia política.
19Es lo que motiva las bases legales e instrumentos analíticos para prever los impactos de las tecnologías e intentar mitigarlos. Un primer cambio sea asocia a que ahora todo avance ha de integrar a su análisis el conocimiento de los impactos negativos. Un segundo cambio se debe a la evolución en los modelos de regulación. En un primer momento se asume que los impactos se pueden determinar, y que el modelo de evaluación de las tecnologías es el análisis de los impactos ambientales. Pero la ocurrencia de efectos cuyos impactos no se han podido predecir con determinación obliga la revisión de los supuestos dominantes y es cuando el riesgo se integra en la evaluación de los impactos negativos de una tecnología. La Society for Risk Analysis caracteriza el riesgo como “la probabilidad de que ocurra lo no deseado, una consecuencia adversa para la vida humana, la salud, la propiedad, o el ambiente natural”. La transición cultural más general del modelo determinista al probabilista se confirma efectivamente con la consolidación del análisis técnico del riesgo (“risk analysis”) como nuevo modelo de regulación.
20Esta valoración positiva de las políticas reguladoras, la justificación teórica y normativa de la neutralidad valorativa, y aquella imagen que automáticamente relacionaba la innovación y el bienestar descansan en la distinción entre predecir y aplicar que presuponía el modelo lineal de innovación: toda aplicación es posterior a la adquisición de un conocimiento fiable sobre sus efectos y, de esta manera, el conocimiento teórico y el método experimental propio de la ciencia académica garantizan junto a la adecuación de una teoría también la efectividad y fiabilidad de su aplicación tecnológica. Las premisas epistemológicas y la carga normativa que conlleva la visión científica sobre el progreso, codificado automáticamente como bien común, determina también las bases normativas y científicas de la regulación. El riesgo ciertamente desenmascara las decisiones bajo condiciones de verdad, pero al mismo tiempo impone la capacidad de asignar probabilidades y la severidad del daño. Se presupone que el conocimiento disponible anticipa los impactos negativos, y en consecuencia la certidumbre puede ser delegada automáticamente para llegar a tomar una decisión política racional.
21El riesgo como objeto de regulación y el análisis del riesgo evalúan (identifican, estiman, valoran) y gestionan las probabilidades y magnitudes del impacto negativo, su objetivo es transformar las causas y evitar las consecuencias indeseadas, y, por tanto, el riesgo interioriza la determinación de los impactos que puede causar una acción, es decir, el riesgo se asocia a la producción de seguridad y control, pero las percepciones sociales indican que, más que los efectos negativos inmediatos, prevalecen otras preocupaciones. Es algo que reconocen las bases legales e instrumentos analíticos ligados a la regulación de los efectos no deseados (de carácter ambiental, socioeconómico, moral) y en general las nuevas formas de gobierno participativas (la evaluación constructiva de tecnologías, asesoramiento en tiempo real y gobernanza anticipatoria). También estas mutaciones comprometen la definición clásica de política científica y amplían nuestra reflexión sobre la noción “impacto social de la ciencia”.
22En efecto, los riesgos se han transformado en un concepto estimulante para la racionalización de la actividad científica, es decir, los riesgos ambientales se convierten en el discurso legitimador de las tecnologías, del modelo de innovación y de los estándares de regulación (Eizagirre & Urteaga, 2012). Por una parte, los “cálculos de riesgo seguros” y el “riesgo sin riesgo” de los análisis tradicionales, y que la gente percibe como “no tenemos evidencias del riesgo”, quedan en evidencia cuando ocurre lo indeseable, lo que manifiesta por lo demás el carácter inexacto y peligroso de los pronósticos realizados. Por otra parte, los esfuerzos por regular el conocimiento están condicionados por instituciones, normas y creencias que rebasan la comunidad científica, si bien con repercusiones sobre la producción del conocimiento en el sistema de ciencia, a la vez que de manera creciente nos enfrentamos a temas caracterizados por su fuerte contenido moral al cambiar lo que entendemos por naturaleza humana y ambiental.
El valor de la I+D+I en la sociedad
23Cierto que buena parte del bienestar y calidad de vida que albergamos tiene su explicación en los avances científicos y tecnológicos. Dicho esto, sin embargo, cabe hacer la siguiente precisión: una cosa es reconocer el valor del sistema de investigación y otra, asociar el sistema de investigación y un beneficio mayor para la sociedad. Para finalizar, justificamos la distinción, ampliamos su discusión y anticipamos indicadores cívicos ligados al valor de la i+d+i
24Por una parte, hemos visto que el valor del sistema de i+d+i está condicionado por aspectos dispares que comprometen la comprensión misma de la política científica. También por parte de la ciudadanía se observan cambios socioculturales profundos. Así, la explicación más relevante y recurrida sobre el nuevo rol del conocimiento y la competencia de distinguir las aplicaciones se asocia a lo que en las ciencias sociales se denomina la “paradoja de la industrialización” (Durant et al., 1998; Durant et al., 2000), que se debe a un cambio de valores que posibilita procesos de individualización y una gestión reflexiva de la propia vida, a la vez que una emergente preocupación social por los efectos no deseados de la industrialización. Welzel, Inglehart y Klingemann (2003) indican que el desarrollo económico, el cambio cultural y la democratización política son síndromes coherentes del proceso de desarrollo humano. Los recursos económicos, la cultura de la autonomía y la democracia política son, respectivamente, el instrumento, el motivo y la norma de las alternativas humanas, mientras que el desarrollo humano lo posibilitan el vínculo entre la garantía de los recursos materiales y la posibilidad de desarrollar los valores de la auto-expresión y, a su vez, el vínculo entre los motivos y las normas de las leyes que hacen efectivos los valores de la autonomía; hay una correlación entre percepciones relativas a la satisfacción de la vida individual y la elección de las forma de vivir, pero la auto-expresión requiere de un espacio legal basado en los derechos, en tanto que la autoridad política se percibe como obstáculo de las políticas de la vida, de manera que la codificación legal y los derechos formales se deben ampliar a una democracia efectiva.
25En el 2005 se realizan curiosamente dos estudios simultáneos. El primero de ellos (Eurobarometer 224: “European, Science and Technology”) sigue la metodología estándar y en general se confirman el escaso conocimiento e información disponible, las valoraciones positivas hacia la ciencia y la preocupación hacia los sistemas de ciencia. Pero el segundo estudio se articula y diseña con objeto de analizar los valores éticos y sociales, en tanto que pueden chocar las actitudes ante la garantía de la libertad de investigación y el respeto por la integridad física y moral del individuo. Más concretamente, el Eurobarómetro “Social Values, Science and Technology” (Eurobarometer 225) analiza los valores sociales y las orientaciones éticas de los europeos, y las percepciones sociales relativas a los diferentes actores implicados en las políticas científicas y tecnológicas, con el propósito último de medir la influencia de las posiciones éticas en la valoración sobre la ciencia y la tecnología. Entre los resultados del cuestionario, se pueden identificar los siguientes: la gente no es partidaria de involucrarse en la ciencia (investigación y desarrollo), a la vez que no se siente bien representada en las decisiones sobre política científica; hay una creciente ambivalencia en relación a la protección de la naturaleza ante el “bienestar humano” (felicidad, salud) y sobre todo el “desarrollo de la humanidad” (innovación, crecimiento); el análisis del riesgo y los beneficios son los factores que más importan, que debe guiarse por las reglas y normas que avanzan los expertos; los valores y principios de acción como la protección de la naturaleza y la participación en los ámbitos de decisión se anticipan como los más relevantes en los tiempos que vienen; la salud humana y el ambiente natural destacan como áreas en que las nuevas tecnologías deben implicarse. Con todo, en las escasas preguntas dirigidas a la aplicación concreta de una tecnología, adquieren importancia los “asuntos éticos y morales”, y quienes distinguen claramente entre las aplicaciones y se inclinan por el análisis del riesgo reclaman estándares de regulación más sofisticados y un control del riesgo más cauteloso.
26Se trata de críticas que, junto a otras más típicas en la literatura académica sobre innovación, también obligan a diferenciar, por lo tanto, el valor del sistema de I+D+i y el valor que tiene el sistema de I+D+i en una sociedad concreta.
27La relevancia que adquiere la distinción se manifiesta en el calado político de su crítica. En efecto, la distorsión que engendra el mito del beneficio ilimitado subestima el debate relativo a los criterios a plantear y primar. Así, por ejemplo, la discusión sobre las políticas de investigación y desarrollo puede diferir entre aquellos que atienden al tamaño y costo del sistema de investigación y, aquellos otros que dirigen su mirada a la relación entre la estructura de un sistema de investigación y las necesidades sociales. Obviamente, no son opciones excluyentes, pero realmente plantea una disyuntiva que obliga a replantear el supuesto inicial.
28Las políticas científicas han promocionado durante las seis últimas décadas la investigación y el desarrollo (I+D) debido a sus resultados en la sociedad. Así, la ideología “política para la ciencia” ha asumido que la finalidad última de financiar la ciencia y la tecnología respondía a objetivos socio-económicos como la seguridad nacional, el desarrollo económico, el bienestar y el ambiente. En este sentido, académicos y oficinas estadísticas también han propuesto diversos indicadores, metodologías y modelos econométricos para su medición, centrados todo ellos en la dimensión económica del impacto de la ciencia (Godin, 2009). Se trata de estudios que pretenden medir el impacto de la I+D sobre el crecimiento económico y la productividad. Los estudios se han centrado principalmente en la medición de los procesos de innovación y el modo de producir novedades de manera nueva, y no por el contrario en medir si esas cosas nuevas son necesarias y deseables así como en sus consecuencias. Hay excepciones y encontramos también una buena literatura sobre impactos no-económicos de la ciencia, así por ejemplo, estudios sobre el impacto de la ciencia sobre sí misma (el impacto de las publicaciones científicas en otros investigadores) y sobre la innovación tecnológica (el impacto de la investigación académica sobre el avance y desarrollo de la innovación industrial).
29En todo caso, críticas recientes contrastan que los indicadores se han preocupado de los impactos económicos, algo que representa una pequeña fracción del conjunto de la sociedad que se extiende a sus diversas esferas sociales, organizacionales y culturales. Algunos investigadores, conscientes de las limitaciones señaladas, han tratado de ampliar el análisis de los impactos hacia aspectos más indirectos (incremento del acervo de conocimientos útiles, capacitación de graduados universitarios, creación de nuevos instrumentos y metodologías, formación de redes y estímulo de interacciones sociales). Se trata de algo intermedio, pero un análisis integral sobre el valor que tiene el sistema de investigación en la sociedad debe necesariamente medir también el impacto de la ciencia sobre otras dimensiones de la realidad socio-natural (Godin & Doré, 2005, Bauer et al., 2011), entre otros, sobre la calidad de vida (hábitos de vida, trabajo, deporte, sexualidad), sobre la salud pública (esperanza de vida, prevención de enfermedades) y el sistema de salud (cuidado de la salud y costes, profesionales de la salud, la infraestructura y equipos médicos, medicamentos, tratamiento), sobre la competencia de instituciones, empresas y comunidades (planificación organizacional, gestión del trabajo, administración, recursos humanos), sobre la cultura (habilidades intelectuales, actitudes e intereses, valores y creencias), sobre la política (importancia de la ciencia en las decisiones, acciones públicas relativas a la promoción y regulación de la ciencia, participación ciudadana), sobre la formación (curriculum, herramientas pedagógicas, enseñanza y elección de carreras, utilidad del conocimiento adquirido), sobre el ambiente (gestión de recursos naturales y contaminación ambiental), etc. Creemos que las críticas avanzadas sobre las políticas de estímulo y regulación permiten concretar y ampliar los indicadores. Nuestro objetivo modesto era precisamente llamar la atención sobre su relevancia y urgencia.
30El análisis de estas dimensiones aclararía el valor real de nuestro sistema de investigación y el alcance de la ciencia en los diferentes ámbitos de la sociedad. Creemos que vale también para retomar la discusión propuesta en este artículo.
Bibliografía
- Bauer, M. W. & Gaskell, G. (Eds.) (2002). Biotechnology: The Making of a Global Controversy. Cambridge: Cambridge University Press.
- Bauer, M., Shukla, R. & Allum, N. (Eds.) (2011). The Culture of Science: How Does the Public Relate to Science Across the Globe. London: Routledge.
- BEPCAG [Biotechnology and the European Public Concerted Action Group] (1997). “Europe Ambivalent on Biotechnology”. Nature, 387: 845.
- Dierkes, M. & Grote, C. V. (Eds.) (2000). Between Understanding and Trust: The Public, Science and Technology. London: Routledge.
- Durant, J., Bauer, M. W., & Gaskell, G. (Eds.) (1998). Biotechnology in the Public Sphere: A European Source Book. London: Science Museum Publications.
- Eizagirre, A. & Urteaga, E. (2012). La cultura del riesgo. Oviedo: Universidad de Oviedo.
- European Commission (2002). Science and Society: Action Plan. Luxembourg: Commission of the European Communities.
- Gaskell, G. & Bauer, M. W. (Eds.) (2006). Genomics and Society:Llegal, Ethical and Social Dimensions. London: Earthscan.
- Godin, B. & Doré, C. (2005). Measuring the Impacts of Science: Beyond the Economic Dimension. Montreal: Centre Urbanisation Culture Société.
- Godin, B. (2009). The Making of Science, Techology and Innovation Policy: Conceptual Frameworks as Narratives, 1945-2005. Montréal, Centre Urbanisation Culture Société, 2009.
- Urteaga, E. & Eizagirre, A. (2011). El nuevo entorno de la innovación. Sostenibilidad y legitimación social. Oviedo: Universidad de Oviedo.
- Welzel, C., Inglehart, R., & Kligemann, H. D. (2003). The Theory of Human Development: A Cross-Cultural Analysis, European Journal of Political Research, 42 (3). 341-379.
Palabras clave de la editorial: bienestar, ciencia, impacto, innovación, sociedad
Fecha de publicación en línea: 19/02/2013
https://doi.org/10.3917/proj.011.0073