Capítulo 16. El jugador asimétrico
Páginas 207 a 224
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- MARTUCCELLI, Danilo,
- Martuccelli, Danilo.
- Martuccelli, D.
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Notes
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[1]
Entre otros, cf. Erving Goffman, el interaccionismo simbólico, la etnometodología, el análisis conversacional. Para una buena presentación en lengua castellana de estas perspectivas (Wolf, 1982). Digámoslo de paso: la relativa escasa presencia de esta sensibilidad en la sociología latinoamericana es un obstáculo para una representación, desde otro ángulo del individuo y de la vida social. Una ausencia que puede, tal vez, explicarse por una tendencia regional a considerar lo “cotidiano” como algo poco importante –al fin y al cabo se trata del dominio de lo femenino y sobre todo de la domesticidad.
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[2]
Sistema de interacción que puede dar lugar a un conflicto interno particular entre el deseo (honne) y las obligaciones morales hacia los otros (tatemae). Para su interpretación en el marco de la sociología de las organizaciones (Trinh, 1992).
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[3]
Para comprender lo que esta tensión implica, es preciso desplazar la mirada de consideraciones específicas a los códigos de civilidad e interesarse en los diversos problemas que, en función de las maneras como se definen desde las instituciones políticas a los individuos, son susceptibles de ser exigidos en los encuentros cara-a-cara –lo que abre al estudio de regímenes políticos de interacción–. Con el objeto de marcar esta distinción con el sentido primero del orden de la interacción, hemos preferido hablar, en otro trabajo, de regímenes de interacción para designar esta problemática particular (Martuccelli, 2007a, capítulo 3).
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[4]
Para un análisis que moviliza parcialmente estas distinciones a propósito de la mentira, cf. Martuccelli, 2009.
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[5]
En la cultura rusa, esto está incluso en la base de una distinción entre dos tipos de mentiras: vranyo, donde se cuentan historias falsas que percibidas como tales no son condenadas, y lozh, donde, por el contrario, existe la intención de engañar al otro. Cf. Barnes (1994, p. 67).
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[6]
La verdad de esta estructura de pareja se revela, a contraluz, por la experiencia de la viuda que en la región, y desde hace mucho tiempo, ha gozado de una verdadera autonomía. Es ésta una observación recurrente entre viajeros desde hace varios siglos en la región, la que revelaba no solamente la potencialidad de las mujeres, sino las condiciones necesarias para que éstas puedan desenvolverse. Cf. Burkholder y Johnson (2004, pp. 229-230).
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[7]
Esta problemática, repitámoslo, no es exclusiva de la América Latina. También ha sido subrayada a propósito de sociedades mediterráneas por ciertos trabajos que explican esta tensión como una consecuencia de la relación con la madre, cf. Brandes (1980); Gilmore (1990).
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[8]
Cf. las reflexiones sobre esta afirmación en García Canclini (1999, pp. 220-221).
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[9]
Es la astucia lo que permite, por ejemplo, valorizar acciones que en sí mismas, todos saben, son transgresiones. Es el elogio de la astucia, por ejemplo, lo que se encuentra detrás de la sonrisa frente al gol de Maradona contra la selección de Inglaterra en el Mundial de 1986 –el gol hecho por la mano de Dios... y la cabeza de Diego–. Una astucia, por supuesto. Pero también un desquite simbólico contra la guerra de las Malvinas. Efímero. Pero simbólicamente eficaz.
En consonancia con lo expuesto en un capítulo anterior a propósito del lazo social y el poder indicativo, es también a nivel de las habilidades propiamente interactivas como se vislumbran las especificidades de este modo de individuación. Habilidades que, una vez más, es preciso comprender en toda su dimensión societal e histórica. O sea, estas capacidades no deben leerse como una mera aplicación en América Latina de un nivel de la realidad social –el de las interacciones– tan bien explorado, desde hace ya casi cincuenta años, por las microsociologías. Y ello tanto más que la reticencia de la que ha hecho gala la sociología latinoamericana hacia estas perspectivas de análisis no puede sino suscitar la interrogación.
Como lo hemos desarrollado, existe en América Latina una representación particular del ser-conjunto, de las razones que hacen posible la vida en común, que, a diferencia sensible de lo que se afirma en muchos otros países, encuentra en la sociabilidad su punto de apoyo y de continuidad. En este contexto, la sociabilidad es un aspecto central de la individualidad de la que, dicho sea de paso, venimos de observar una de sus manifestaciones a nivel de la interioridad.
Todos los individuos poseen lo que ya Aristóteles denominó un sentido gregario. Pero esta aptitud presente en todo ser humano, toma formas culturales diferentes según los contextos. En el marco de los análisis sociológicos, un aspecto ha sido ampliamente privilegiado. Aquel que subraya las capacidades propiamente escénicas del actor, ya sea las maneras como defiende su honor; se pliega a la etiqueta de la corte; hace gala de tacto en sus intercambios con personas social o culturalmente diferentes; o se ciñe cotidiana y escrupulosamente a las ceremonias y a sus protocolos…
Fecha de publicación en línea: 17/08/2023
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